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No tienes pinta

Niño disfrazado de detective con lupa y sombrero, representación del estereotipo clásico del detective privado

Una reflexión breve sobre uno de los tópicos más repetidos cuando alguien descubre que eres detective privado.

Soy detective.

-¡¿Sí?! ¿En serio?
-¡Vaya! ¡Nunca lo hubiera pensado!
-¡No tienes pinta!

¡¿Que no tengo pinta?!
Pero vamos a ver, señores… ¿qué pinta tienen los detectives privados?

¿Seguimos todavía con ese prototipo peliculero de la gabardina, la lupa y el sombrero ladeado, periódico en mano con dos agujeros estratégicamente situados tras los que mirar?

Pues no, señores y señoras. ¡Rotundamente no!

Los detectives privados somos personas de aspecto corriente y moliente, de todas las edades, tallas y colores. Hay morenas estupendas y rubias metidas en carnes, jovenzuelos de aspecto atlético y cincuentones con barrigas cerveceras.

Bigotudos y barbilampiños, embarazadas, divorciados y solteras. Unos fuman y otros no. Vamos, que tenemos el aspecto de cualquiera de sus vecinos. De hecho, es posible que alguno de sus vecinos lo sea… y usted no lo sepa.

(Ahora le imagino repasando mentalmente a todos sus vecinos, observándoles por la mirilla, estudiando todos sus movimientos…
¿Quién será?
¿Esa chica del cuarto que entra y sale a deshoras?
¿El morenazo del segundo que nadie sabe a qué se dedica?)

Pero no se equivoque: aunque tengamos un aspecto corriente, no somos gente corriente.

Tenemos ese no sé qué, que qué sé yo, que nos hace diferentes al resto. Y es que cualquiera no puede ser detective privado.

Más allá de cuestiones formativas y administrativas, somos distintos. Especiales.

Vemos la vida con objetividad: lo que es, es; y lo que no es, pues no es. Necesitamos pruebas. No nos vale el “me han dicho que…”, el “yo creo…”, el “a mí me parece…”. No, no, no. O es, o no es.

Tenemos una paciencia infinita para esperar. Intuición, perspicacia y un tesón que no tienen parangón. Curiosidad por conocer, rapidez mental, creatividad y una gran capacidad de observación.

Nuestros recursos para improvisar en cualquier situación nos sorprenden incluso a nosotros mismos. Y nuestras dotes interpretativas (que ya las quisiera para sí más de un mediocre actor) mejoran cada día.

¿Y qué me dicen de la increíble resistencia para aguantar maratonianas jornadas de trabajo en soledad, en condiciones de escasa comodidad?
Eso sí nos distingue del resto.

En pocos segundos pasamos de una espera serena, en la que el aburrimiento nos ronda sin parar, a la actividad más frenética, en la que no tienes ni tiempo de pensar.

¿Y la flexibilidad física y mental?
¡Me río yo de los juncos! Lo nuestro sí es flexibilidad: tanto para adoptar una postura imposible que nos permita grabar, como para cambiar de plan en cuestión de segundos.

Y por si todo ello fuera poco (y ya les digo yo que sin duda hay mucho más) practicamos con nuestros clientes la empatía, la escucha activa y la proactividad, todo ello dentro de un marco muy profesional.

Lo dicho: los detectives privados tenemos un aspecto corriente… pero no somos gente corriente.

Nos encanta nuestra profesión.
Y por eso le ponemos tanta pasión.

 

Sandra es detective desde el año 2000 y observadora nata desde mucho antes.
Se fija en los detalles y disfruta con la reflexión y el análisis emocional, herramientas muy útiles para su especialidad, los contactos encubiertos.
Le gusta el trato personal y la escucha activa y pone el foco en aprender de las personas con las que se relaciona y de las circunstancias que vive cada día.

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