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Por qué me gusta escribir, aunque nadie me lea

Persona escribiendo en un cuaderno junto a una máquina de escribir y una taza de Ser Detective

Este es un artículo que tenía pensado publicar en un blog personal que tengo, donde hablo de mis cosas. Ahí escribo sobre plantas, huerto, gallinas, recetas de cocina, lecturas, cómo hacer mermelada o kéfir… Un blog que no sé si tendrá alguna visita, pero que es mi rincón para escribir sobre eso que hago cuando no soy detective.

Al final he decidido publicarlo aquí, en Ser Detective, porque viene a colación de alguna conversación sobre por qué no invertimos más tiempo en el podcast, en publicar más episodios, en lugar de perder el tiempo escribiendo artículos.

Total, si nadie los lee. Ya nadie lee. Eso me dicen.

El otro día hablábamos Sandra y yo de la escasa (o nula) interacción que tienen los artículos. No comenta nadie nada… Más allá de algún like a la imagen que publicamos en Instagram anunciando el artículo, poco más. Ni un triste comentario. Bueno, el padre de Raúl a veces sí nos deja alguno. Y mi madre no lo hace porque no le he dicho nada, que no tiene filtro, que si no…

Supongo que será porque nadie los lee.

Y bueno, aunque escribimos porque nos gusta, es verdad que a veces se agradece que alguien te diga algo, ¿no?

Sobre lo de publicar más episodios… Bueno, no sé si les faltará razón o no. En parte tiene su lógica. Pero no hace falta que hable del trabajazo que implica publicar un episodio. Hasta yo misma había subestimado todo lo que hay detrás: sincronizar agendas cuando te dedicas a una profesión que deja poco margen para el disfrute, grabar, conseguir que la grabación salga bien y no toque repetir, editar, pelear con el sonido, bla, bla, bla… Todo para que podáis ver un vídeo con una calidad aceptable y que esté medianamente presentable. Ahora mismo, suerte si conseguimos sacar un episodio al mes.

Pero tiempo al tiempo. Dadnos tiempo para que le cojamos el ritmo a esto del podcast, que igual toca hacer eso que dice Raúl: «Sujétame el cubata, que voy».

Creedme si os digo que echo de menos aquel Internet de hace quince años. Ese Internet rico en blogs personales donde podías leer sobre casi cualquier temática. Me encantaban. Hasta tenía un gestor o lector de feeds para no perderme las publicaciones de las páginas que más leía. En aquella época leía muchísimo sobre webs, privacidad y marketing online. Creo que ahí se gestó la semillita que años después me llevaría a estudiar Desarrollo de Aplicaciones Web y Ciberseguridad.

También echo de menos aquel Instagram donde simplemente subías una foto que veían tus contactos. Ahora una foto se queda perdida en el limbo de las redes. ¿Quién la ve? Yo ya casi solo veo contenido recomendado que el algoritmo ha decidido que quiero ver porque una vez me detuve más de cinco segundos mirando yo qué sé qué.

La verdad es que, o soy yo, o cada vez cuesta más encontrar páginas que trabajen un blog y ofrezcan contenido interesante sobre la especialidad que tratan. Ahora todo está en las redes sociales. Todo son reels en Instagram o vídeos en TikTok, donde conseguir captar la atención en unos pocos segundos es cada vez más misión imposible. Vídeos cortos que compiten por nuestra atención, ya sea para hablar de gatos, nutrición, marketing online, microbiota, asesoramiento legal… lo que sea.

Ya no se publica por placer. Se publica para un algoritmo que decide a quién merece la pena enseñarle tu contenido. Y el algoritmo premia la capacidad de conseguir atención. No una vez, sino siempre, constantemente. Hoy parece que el activo más valioso ya no es transmitir conocimiento, sino ser capaz de mantener la atención del público una y otra vez. Y eso es frustrante y agotador.

Por no hablar de la búsqueda de información. Si antes necesitabas buscar en Internet para documentarte sobre un tema, ahora ya no. Ya no perdemos tanto tiempo en Google buscando información sobre algo: la IA, ya sea Gemini, ChatGPT o cualquier otra, hace buena parte de esa búsqueda por ti. Y, según cómo la utilices, hasta te cita las fuentes.

Escribir es algo que me encanta. No me cuesta desarrollar las ideas y plasmar lo que pienso. Familiares y amigos me dicen que soy una gran contadora de historias, que se me da bien. Ya de pequeña hice mis pinitos con algún relato corto que inocentemente presenté a algún concurso de escritura. Digo inocentemente porque allí no había categoría infantil; la totalidad de los participantes eran adultos. No hago spoiler si os digo que nunca gané ninguno de aquellos concursos.

Desde que empecé en esta profesión he escrito siempre. Una de mis tareas en la agencia (no sé si decir que la principal) es redactar los informes de las investigaciones. Y a mí me gusta escribirlos como si contara una historia. Me gusta imaginar que esa historia, la historia de una investigación, se la estoy contando a un juez. Aunque un informe puede leerlo el cliente, su abogado o cualquier otra persona legitimada para ello, a mí me gusta imaginar que al otro lado siempre hay un juez. Y ahí me tienes a mí, contándole a ese juez imaginario cómo empezó todo, qué es lo que se ha hecho y qué resultados se han obtenido. Me imagino sus preguntas y yo las voy respondiendo a modo de relato. Es como un diálogo entre los dos.

Llegados a este punto, os diré que escribir los informes es, al mismo tiempo, mi parte favorita de la profesión y, a veces, la más odiosa. Sí. Porque hay informes e INFORMES. Y aunque me gusta escribir, muchas veces he detestado esos informes con mayúsculas.

Cuando estábamos en pleno confinamiento decidimos irnos a vivir al campo, a la casa familiar donde nací y crecí. Fue durante aquellos días de pandemia cuando, ordenando una estantería de libros, vi las memorias que había escrito mi abuelo y que mi tío Miguel había encuadernado. Como tampoco teníamos mucho que hacer por aquellos días, me dio por leerlas. Y ahora, escribiendo estas líneas, me pregunto: ¿por qué no las había leído antes? ¿Por qué las había obviado?

En esas memorias mi abuelo hablaba de cuando empezó su etapa laboral, de cuando se fue a la mili, de cuando estalló la Guerra Civil y combatió en ella (y, por si eso no hubiera sido bastante, de cómo después tuvo que terminar el servicio militar), de cómo conoció a mi abuela y de cómo se ganó su corazón. ¿Sabíais que le escribía cartas desde el frente? Cartas bien pensadas, con párrafos que le salían del alma. Mi abuela solía decir en broma que ella no se había enamorado primero de mi abuelo. Cito textualmente: «Yo me enamoré, primero, de tus cartas, que las deseaba».

Vale, Celia, ¿y qué tiene que ver todo esto con la escritura?
Dame tiempo.
Confía en el proceso.

Fue también gracias a aquellas memorias como descubrí que, en un momento de su vida, estando en Sevilla, mi abuelo conoció al escritor y periodista Wenceslao Fernández Flórez.*

Mi abuelo cuenta que se encontraba en Cádiz, trabajando en un Juzgado Militar, cuando recibió un telegrama de Pepe Salinas, un antiguo jefe suyo, que se encontraba en Sevilla y quería verlo. Consiguió permiso de su coronel y viajó hasta allí. Cuando llegó al hotel Alfonso XII se encontró con una tertulia de lo más peculiar: militares, el cónsul de Portugal y, entre ellos, Wenceslao Fernández Flórez.

Mi abuelo describe al escritor con bastante gracia: «con la calva de siempre, su nariz aguileña, sus buenas orejas que Dios le conserve, su corto bigotito y su traje oscuro y ancho». Lo consideraba «quizá el mejor humorista de España» y admiraba su fino humor y su forma de escribir.

En algún momento de aquella conversación mi abuelo se atrevió a preguntarle:

—Don Wenceslao, ¿usted qué me aconseja sobre escribir?

Y Fernández Flórez le respondió:

—Sé que tienes alguna afición a escribir, que es lo más bonito que hay en esta vida, pero hay que sacrificarse. No pierdas la afición y escribe, escribe siempre de cualquier tema, aunque sea sólo para ti, pero escribe. Y hay que leer mucho, buenos libros y buenos autores.

Mi abuelo reconoció muchos años después que no le hizo demasiado caso. Fue ya de viejo, en su vejez, en el cénit de su vida, cuando le dio por escribir. Y no se cansaba. Gracias a eso nos dejó aquellos apuntes sobre su vida que yo, décadas después, encontré en una estantería durante una pandemia y que me permitieron conocer historias que, de otra manera, probablemente se habrían perdido. Y quizá por eso aquella frase de Fernández Flórez me ha calado tanto.

«Escribe, escribe siempre de cualquier tema, aunque sea sólo para ti, pero escribe».

Pues eso mismo es lo que estoy haciendo. Aquí me tenéis, luchando contra algoritmos, escribiendo por el mero placer de escribir, ya sea sobre investigación privada, sobre kéfir, sobre mantenimiento de la piscina o sobre cómo montar un huerto.

Por eso, tanto en la web del despacho como en mi blog personal y en este blog de Ser Detective desde el que escribo ahora, paso de SEO, paso de palabras clave, paso de instalar este plugin que hace esto y te posiciona o ese otro que hace lo otro.

Solo escribo.

¿Qué he leído una sentencia que me parece interesante y de la que creo que puedo sacar algo para la profesión? Pues escribo sobre ella.

¿Qué he cogido un jarrón de mi abuela no muy agraciado y lo he transformado en una lámpara? Pues lo cuento en mi blog.

Escribo, publico y que Internet y el algoritmo que sea hagan la magia que les dé la gana. Y sí, aunque no busco la aprobación de nadie, confieso que a veces resulta frustrante no obtener ninguna interacción. Porque ¿a quién le amarga un dulce? Un comentario de uvas a peras te levanta la moral. Aunque sea de tu madre.

Y si has llegado hasta aquí…

Si eres un autor frustrado porque las editoriales no te miran ni a la cara porque no tienes miles de followers, si eres creador de contenido o tienes un pequeño blog y sientes que no te lee ni el tato, si escribes relatos que probablemente nunca llegarán a una editorial o si haces reseñas que reciben cuatro likes mientras un vídeo de diez segundos consigue miles de visualizaciones… no te martirices.

Escribe.

Escribe aunque sea solo para ti.

Pero escribe.

 

* Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964) fue un escritor y periodista español y miembro de la Real Academia Española. Destacó especialmente por su humor irónico y su particular mirada sobre la sociedad de su época. Entre sus obras más conocidas se encuentran Volvoreta, El hombre que se quiso matar y El bosque animado, esta última convertida en uno de los títulos más conocidos de su producción literaria.

 

 

Celia es socia directora de Detectives Grupo 2 y detective privado con TIP 1399. Con más de 25 años de experiencia, es diplomada en Criminología y Detective Privado y está especializada en investigaciones informáticas, redacción de informes y prueba judicial.

Cuenta además con formación técnica en Desarrollo de Aplicaciones Web y Ciberseguridad en entornos TI, integrando el análisis digital en la práctica de la investigación privada.

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