Ambos tenían profesiones socialmente reconocidas, con prestigio. Componían una familia adinerada convencional, con chica de servicio, niñera y cura de cabecera que frecuentaba a menudo la casa para cenar.
Tenían costumbres fijas y ella sentía que su propia familia le quería más a él, en especial unos tíos, ¡y su madre, sobre todo su madre!
Cada jueves por la tarde había reunión familiar, en casa de ella, con la familia de ella, ¡estuviera ella o no…!, quisiera ella o no…; el día era inamovible porque él y los demás siempre podían ese día a esa hora, si ella podía o no, era lo de menos.
Los hijos fueron creciendo y empezaron a tomar partido, según me contó ella, por él.
Ella reconoció que era celosa, quisquillosa y desconfiada. Cada vez sospechaba más de él. Cada día hablaban menos y se distanciaban más.
Él tenía un amigo de toda la vida que a ella no le gustaba, no podía soportar que pasara tiempo con él porque… ¡sin duda era una mala influencia!
Un día él le dijo que se iba de viaje con su amigo, ese que a ella tanto le repugnaba. ¿Sería cierto? ¿Se iría con él o se iría con otra? Porque mucho temía que pudiera haber otra. Y si de verdad se iba con él, ¿qué lugares frecuentarían? ¿Qué compañía tendrían?
Y fuimos tras él, tras ellos y nos llevaron a otro país. Visitaron los lugares más típicos, probaron la gastronomía del lugar, se hicieron fotos aquí y allá.
Condujeron cientos de kilómetros de una ciudad a otra, del otro país al nuestro, y al final de la semana regresaron a casa, satisfechos de haber compartido juntos ese viaje de amigos que tantas ganas tenían de hacer, sin más pretensión que desconectar de la vorágine diaria de sus trabajos y familias.
No sucedió nada de lo que ella temía y contratarnos le ayudó a ganar tranquilidad y sosiego espiritual. Su marido no la engañaba y eso era lo que contaba.
Dedicado a esa mujer detective y amiga que condujo tantos kilómetros detrás de estos dos hombres, con mucha tensión y poco descanso.
Gracias Ana, por ser y estar.
Te quiero.




