Hay momentos en esta profesión que no aparecen en los manuales.
El otro día salía de entrenar con María Jesús, una compañera del gimnasio, y cuando estábamos en la puerta me dijo:
—Mi hija me dijo que eras detective.
Yo le dije que sí, dando por sentado que lo sabría porque alguna vez lo había comentado durante los entrenamientos. Me dijo que no, que se lo había contado su hija el viernes anterior, durante la cena que hicimos los compañeros del gimnasio, a raíz de un comentario de nuestro entrenador, Cristian, de que había visto nuestro podcast.
Pero entonces me contó algo que no me esperaba. Resulta que, unos meses antes, su empresa había contratado a una agencia de detectives para investigar una baja laboral. Cuando su hija le dijo que yo era detective y que me llamaba Celia, ató cabos. Buscó la conversación de WhatsApp que había mantenido con la detective y, al ver mi foto de perfil, se dio cuenta de que era yo.
La detective que había llevado aquel caso era la misma persona que tenía delante, la misma con la que llevaba meses entrenando los martes y los jueves.
La verdad es que cuando me lo dijo me quedé “flipando en colores”. Porque, aunque su cara siempre me había resultado familiar —de hecho, alguna vez incluso le había dicho “tu cara me suena”—, las dos pensábamos que sería porque nuestras hijas habían coincidido de pequeñas en una hípica.
Pero no. La realidad era otra.
Yo había visto su fotografía de perfil de WhatsApp durante la investigación y supongo que ella habría visto la mía. Solo que ninguna de las dos había asociado aquella pequeña imagen circular con la persona que veía en el gimnasio cada martes y cada jueves.
Cuando me contó todo aquello solo pude pensar una cosa:
“Anda Celia, que… menuda detective estás hecha…”
Aunque, en mi defensa, diré que jamás he prestado demasiada atención a las fotografías de perfil de WhatsApp.
María Jesús me contó que la investigación había salido bien y que el resultado había sido satisfactorio para la empresa. Y reconozco que respiré tranquila: “uff, menos mal”, pensé yo. Porque una cosa es descubrir que una compañera de gimnasio fue clienta tuya sin saberlo, y otra muy distinta habría sido descubrirlo si el asunto no hubiera salido bien o si nuestro trabajo no hubiera estado a la altura.
Durante varios días verificamos que un trabajador de baja estaba realizando actividad laboral en un taller mecánico de una localidad cercana. Mantuvimos informada a la empresa durante todo el proceso, entregamos el informe y el asunto terminó ahí. Al menos para nosotros.
Porque muchas veces, cuando un detective entrega un informe, ahí termina su participación. Rara vez sabemos qué ocurre después: si hubo acuerdo, si terminó en juicio, si la empresa tomó medidas o si el trabajador recurrió la decisión. Simplemente archivamos el expediente y seguimos con el siguiente caso. Por eso me alegró especialmente saber que, en esta ocasión, todo había salido bien para la empresa, sin demandas ni problemas posteriores. Fue como conocer el final de una historia que para nosotros había quedado en pausa.
Hasta hace unos años este tipo de situaciones eran impensables. Desde la pandemia, las reuniones presenciales prácticamente han pasado a la historia. La oficina, que durante años ha sido un ir y venir de gente, ahora está mucho más tranquila, por no decir solitaria. Y es que hoy, la mayoría de encargos se cierran por correo, por teléfono o por WhatsApp. A veces hacemos videollamadas, sí, pero en muchos casos ni siquiera llegamos a conocer personalmente a la persona que nos contrata. Hay clientes con los que trabajamos durante semanas y nunca llegamos a vernos en persona.
La tecnología nos ha hecho la vida mucho más fácil. Nos ha permitido ser más rápidos, más ágiles y más eficientes. Pero también se pierde algo. Se pierde ese momento de sentarte con alguien, escucharle, verle la cara, entender no solo lo que te cuenta, sino cómo lo cuenta.
Y me hizo pensar en algo que quizá no valoramos lo suficiente.
Hablamos mucho de tecnología, de inmediatez, de correos, de plataformas, de WhatsApp, de trabajar más rápido. Pero a veces estamos tan metidos en esa forma de funcionar que desconectamos de lo más sencillo: las personas.
Porque puedes pasar meses compartiendo entrenamientos, risas, agujetas y conversaciones con alguien sin saber que esa persona fue tu cliente. Y ella, sin saber que la detective que había contratado estaba justo al lado, intentando sobrevivir a otra serie de sentadillas.
Al final, esta profesión va de investigar personas. Pero, a veces, también te recuerda que detrás de cada expediente hay una persona con la que, cualquier día, puedes acabar compartiendo gimnasio, una cena… o una buena conversación.




