¡Sí, sí, los triángulos, los triángulos, en plural!
Ya sé que el conocido Triángulo de las Bermudas es esa zona geográfica con forma de triángulo equilátero situada en el océano Atlántico, entre las islas Bermudas, Puerto Rico y Miami, con una superficie aproximada de 1,1 millones de kilómetros cuadrados.
¡Ya! Pero yo no hablo de ese Triángulo de las Bermudas. Yo hablo de esos otros pequeños triángulos de las Bermudas que andan repartidos por el mundo, esos triángulos que se tragan a los investigados delante de tus propios ojos.
Estoy segura de que la mayoría de los detectives saben de lo que hablo.
Vas detrás del investigado, generalmente andando (aunque es un fenómeno que también puede producirse en cualquier medio de transporte). Tienes los ojos clavados en él, unos ojos ya irritados por la falta de pestañeo para no perderte nada de lo que sucede. Y, de repente, de manera inexplicable… desaparece delante de tus enrojecidos ojos, que ahora se mueven veloces escudriñando todos los rincones.
¡¿Dónde está?!
¡Es imposible que haya desaparecido!
¡Si lo tenía delante!
¡¿Cómo puede ser que no vea por ningún sitio su estridente camiseta amarilla?!
¿Habrá entrado en un portal?
¿En una tienda?
¿En el banco de la esquina?
¿Se habrá colado por una alcantarilla y escapado por el subsuelo?
¿Tendrá una gabardina de invisibilidad y estará disfrutando de mi cara de desconcierto?
¡Noooo! ¡Nada de eso! ¡Olvídate!
No le busques explicación a algo que no la tiene.
Sin ninguna duda, el investigado se ha metido de lleno en uno de esos triángulos de las Bermudas de los que os hablaba. Esos que deberían estar señalizados para que nosotros, los detectives trotacalles, pudiéramos conocer su ubicación y prepararnos para los demoledores efectos que causan en nuestra paz interior, en nuestra tensión arterial y muscular y, sobre todo, en nuestra autoestima.
Porque cuando alguien desaparece delante de tus ojos… la autoestima también sufre.
Lo dicho: detectives del mundo, no dudéis más de vuestra capacidad profesional. Es imposible luchar contra esos malditos triángulos del demonio.





Pero ojo, porque esos pequeños triángulos de las Bermudas que están repartidos por el mundo a veces tambiém tienen un lado generoso: de repente escupen a esa persona que habías perdido y te la sitúan en otra parte. En ese instante de milagro sólo puedes exclamar: ¡Sí, benditos triángulos del demonio!