Un vestido negro siempre viene bien; es básico en cualquier fondo de armario que se precie.
Yo tengo varios. ¡Me encantan! La verdad es que tengo mucha ropa de color negro: pantalones, camisetas, calcetines…
¡Me gusta! En mi opinión, el negro es un buen aliado en mi profesión. Me permite pasar más desapercibida, dentro y fuera del coche. Es discreto y muy sufrido.
Pero volvamos al vestido negro. Para mí, los mejores son esos que no pesan, que no se arrugan, que puedes usar tanto para unas ocasiones como para otras según con qué complementos los adereces. Zapato plano, de tacón, botas…, un collar, pulseras, los labios de rojo…
Pues ese día yo llevaba, en mi bolso grande, uno de esos vestidos negros que no se arrugan.
Lo llevaba en ese bolso en el que también llevaba un par de cámaras, una grabadora, pendientes, ganchos, bolis de varios colores, clips, laca de uñas, la agenda, el móvil, un bolso más pequeño, otra cámara —¡y ya van tres!—, pegamento de barra, ¡sí, pegamento de barra!, celo, protección solar aunque fuera de noche, pañuelos, toallitas húmedas, compresas, maquillaje… ¡En fin, lo básico!
Pues eso, que llevaba uno de esos maravillosos vestidos negros que uso de uniforme para lucir, porque era muy probable que esa noche me hiciera falta.
Empecé a trabajar por la tarde con mis vaqueros, unos cómodos que pudiera quitarme con rapidez dentro del coche por debajo del vestido en caso necesario.
La noche se preveía interesante… Cena en un sitio de postín, copas en un local pijo hasta altas horas de la madrugada, música, gente guapa…
Pasaban las horas. Una visita a un centro de belleza que reafirmaba la previsión de una noche de fiesta. Vuelta a casa… Una hora, otra, un par más…
Al final hubo que rendirse a la evidencia. Aquella noche mi vestido negro, acurrucado en el fondo del bolso esperando su gran momento de gloria, volvió a casa sin nada que contar, sin ninguna nueva aventura que sumar a sus costuras, relegado a una mejor ocasión para lucir.




